De cuando niño

Fui travieso hasta una edad. Divertido y risueño. Tuve la suerte de poder ser así, los primeros años de vida. Aunque no hay vídeos de eso, mi alma lo atestigua. Sé que fui así.

Esconderme detrás de las plantas, parece, era mi juego favorito antes de los 5 años. Nuestro apartamento de ladrillos setenteros, fue el mejor escenario de juego que recuerdo. Costa Rica, es un lugar lleno de recuerdos fugaces, que el presente se empeña en dejar atrás. Vivir aquí y ahora, es lo que toca.

Ahí, en el pueblo de los ticos, descubrí que la música salía también de los discos de vinilo. Esto, gracias a una prima muy sexy, que me ponía su mejor repertorio en un tocadiscos portátil. Salsa de la buena y de esos años. Lo tengo como un recuerdo único, de una sola vez. Aunque ojalá, haya pasado más veces.

La guardería, se me queda con dos recuerdos: la siesta en una alfombra a rayas, con más colores que el arcoíris y el uniforme, verde Peter Pan, verde esperanza. Un amiguito llegó a tener campanillas en las solapas del cuello. A eso no llegué. Supongo, que a mi madre no le hacían falta para encontrarme.

Costa Rica ¿1974?

Al verme en otras fotos años después —que no hay muchas— me veo como un niño callado, intenso, pa’dentro, muy observador. Con esos ojos grandes y redondos. Que eran penetrantes a veces y otras simplemente, puestos en la cara como dos platos de postre.

A medida que fui creciendo, empecé a entender lo que me rodeaba. A salir de mi pequeño mundo y meterme de lleno y sin anestesia, en el que me tocaría padecer, hasta los veintitantos.

Vivía en una casa de locos. Nos queríamos, como sabíamos: de manera asfixiante, posesiva y chantajista, aunque había momentos buenos. De amor del bueno. Ese que descubrí al huir de casa, años después.

Mi yo de ¿1979?
Mi yo de ¿1979?

Antes de que fuera adulto, mi madre era mi mejor ejemplo. Cómplice de conversaciones adelantadas. Porque era curioso y ella, generosa en darme la versión adecuada a mi momento.

Mi padre: Inexplicable, creativo y emprendedor. Nos amaba con locura. Aunque no sabía decirlo con palabras, nos amó y dejó su piel por nosotros. Murió solo, encontrado a los 3 días. Murió “como un perro”. Se aseguró de repetir esa frase terrible todo lo que pudo, para que la profecía se cumpliera.

La vida que me ha tocado vivir no ha sido fácil. He tenido que aplicar lo que decía Séneca —y gracias a Victoria Camps— que dice: “Cambia de alma y no de cielo”.

Y eso es lo que he hecho, he aprovechado lo que me ha tocado. Los sucesos no los puedo cambiar. Cómo me los debo tomar, sí.

Me ha tocado una vida poco habitual, donde he aprendido a crear familias temporales, esos que llamo mis amigos. Que no suplen para nada a mis familiares ausentes y que me enseñan que hay mil maneras de vivir y sentir.

Todo lo vivido, pone a prueba lo que significa para mí la felicidad y la manera de vivirla.

Para encajar lo que me ha tocado, como una oportunidad de ver todas las esquinas que tiene la vida, y las calles por donde escojo transitarla.

Y es que la vida con un poquito de salsa, se vive mejor.

Iris Chacón – Tu boquita. 1975

Deja un comentario