Paseando por El Retiro me fijo en un hombre sentado en un banco.

Como tantos otros, estaba tomando los primeros rayos de sol del año que comienza.

Era de esos que cierran sus ojos y se yerguen en el banco con una sonrisa. Piernas cruzadas y brazos en cruz sobre ellas. Curioso verle, a ratos me parecía un gato.

Cuando abrió sus ojos, vi el mar que dejaba atrás, enfocando los árboles como su nuevo horizonte.

Antes de que notara que le estaba observando, volví en mí.

Como él, probé a cerrar los ojos para ver qué veía, si mar o árboles.

Los cerré. Y nada.

Ni nada, ni nadie.
Todo oscuro y sin calor en mis huesos.

Por un momento me quedé quieto a oscuras, con la mente en blanco.

Luego, pensé que haber leído “Viajar ligero” y estar a mitad de “El arte de vivir sin miedo” de Gabriele Romagnoli, no era casualidad. Amazon no conoce tanto de mí como cree. Ni yo tampoco. La autoayuda es el bricolaje de la autoestima de los melodramáticos.

En vista de mi chasco, abro los ojos y un chochín —uno de esos pajaritos amigables y nerviosos de El Retiro— evapora la atención en mis miserias. Iba revoloteando en sus cosas. Volví a ver a lo lejos y ese hombre-gato al sol se había ido.

Me dio algo de pena, quería ver qué más veían sus ojos.

El chochín sigue cerca de mí y me paro a pensar ¡mira que hay árboles en El Retiro! Unos 19.000 para ser exactos, según Google. Y además hay uno que es abuelo y tiene casi 300 años.

Pensé, y entre tanto árbol sabio ¿habrá uno con ojos?

El chochín sigue a lo suyo y se va revoloteando.

Ya que yo no vuelo, decido también ir a lo mío caminando un poco.

Y caminado, por un momento me quedé a oscuras, con la mente en blanco.

Sin preguntas, sin respuestas. La intuición me decía que debía seguir adelante.

A mi paso un árbol con ojos me dijo con su mirada que es mejor atreverse a mirar dentro. Me di cuenta de que por eso era sabio. No tenía miedo a ver, ni verse.

El camino tocaba mis pies, con sus hojas secas que, aunque crujían por duras, hacían suave el paso.

Pase lo que pase, también pasará.

Como todo lo que ha quedado atrás. Como todo lo que vendrá por delante. Somos solo una hoja del camino hecho.

Me acerco a un banco y me siento. Cierro los ojos para dar gracias por los rayos de sol que acaban de salir.

A través de mis párpados veo a alguien que me observa a lo lejos.

Alguien, que es el mismo que me ha traído hasta aquí. Al que también doy las gracias.

Y que con mis ojos cerrados, le digo adiós.

Bienvenido 2022.