Soy de pocos amigos.

De amigos de verdad.

En mi vida he tenido muy pocos amigos. A los que les he pedido mucho de sí mismos. Paciencia, la mayor parte de las veces.

Tengo pocos amigos. Y estoy orgulloso de ello.

Estos amigos tienen su ciclo: van, vienen, vuelven, se quedan, se van.

Algunos pocos resisten a irse aunque les muestre poco interés.

Todavía me pregunto porqué se quedan.

Me gusta que entre amigos haya espacio para vivir.

Sigo sin identificarme con eso de ‘cenitas de fin de semana’ —todas las semanas— o la ‘cerveza del viernes’, todos los viernes. Doy gracias a esos que llamo mis amigos, por no tener esas costumbres.

Mis amigos me leen, más allá de lo que yo mismo me leo. Y saben, mis ‘cuándo’. No lo digo yo, ellos me lo han demostrado.

Mis amigos de verdad cambian, mutan, mejoran y se transforman.

Viven sus vidas y como Gorillaz, siempre vuelven de una batalla. Te la cuentan y siguen su camino.

Aprendo —también— cuando ellos aprenden.

Mis amigos saben que les escucho. De dentro hacia afuera.

Les pongo orejas y corazón y por eso, les propongo retos ante su vida y sus cosas, porque también, son retos míos. Vamos juntos.

Por eso estoy y estaré.

Para retar mi impaciencia. Para abrirme a su vida. Porque me importan.

Mis amigos de cada momento de mi vida vivida, me han abierto al mundo.

Han sido mi familia y me han reconstruido.

Porque del círculo familiar del que salí, necesitaba cambiar piezas, mejorar los engranajes del corazón y descubrir otra forma de expresar mis sentimientos hacia las personas...

También a esos, que llamo mis amigos.

Mis amigos, a todos, les estoy agradecido por lo vivido y lo que estamos viviendo juntos.

Aunque muchos se hayan ido.

Aunque yo me vaya.

Porque lo que importa es que a nosotros se están uniendo más...

que sin saberlo, más que familia, son amigos.

Foto de portada: amigos. Por Caco Martín / Actualizado el 7 mayo, 2022